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Un paraíso natural

En 1993 Menorca fue declarada Reserva de Biosfera por la Unesco. Una distinción que reconoce la armonía con la que han convivido, al largo de los tiempos, los menorquines y su entorno natural. Su núcleo es el parque natural de l'Albufera d'es Grau.


Menorca es una isla grandiosa, no por su extensión, sino por su gran diversidad de paisajes mediterráneos, en los que conviven especies exclusivas de la isla (plantas y animales endémicos). El paisaje rural está hecho a escala humana, se ha conservado toda la pureza del medio natural al que los menorquines se han sabido adaptar armónicamente. Este compromiso con el entorno ha llevado a sus gentes no sólo a conservarlo, sino incluso a ensalzar su belleza con sus tradicionales construcciones que se adaptan al medio. Así se ha mantenido, al largo de los tiempos, un nivel de belleza en estado puro: un paisaje sin colorantes ni conservantes. Una auténtica reserva de belleza, donde podemos dejarnos llevar por las sorprendentes sensaciones que nos ofrecen el Parque Natural de la Albufera d'es Grau (un paraíso para las aves migratorias, los peces y los reptiles), cinco reservas naturales, una reserva marina y diecinueve zonas ANEI (Áreas Naturales de Especial Interés).

En Menorca todo fluye de forma natural, a un ritmo tranquilo del que se han contagiado los habitantes de la isla, que se encuentran en continua exposición a tanta belleza. Un sorprendente paisaje se va incrustando en la retina del visitante, mediante inesperadas sorpresas visuales. Sin tener todavía tiempo de asimilar la belleza de la última playa visitada, aparece otra al instante para recordarnos que la isla alberga una serie interminable de playas. Las hay para todos los gustos, desde largas playas de suave arena hasta recónditas e insospechadas calas donde bañarnos en sus cristalinas aguas. La costa sur está formada por blancos arenales rodeados de verdes pinares y sus aguas son, en gran parte de sus zonas, de un tono turquesa que no dejará de deslumbrarnos. El norte es más agreste por la erosión que provoca el viento de tramontana en las rocas y que configura, por capricho de la naturaleza, un paisaje idílico de playas y calas vírgenes.

La presencia de la posidonia, planta marina en démica del Mediterráneo, en la costa menorquina es la mejor señal de que las playas de la isla gozan de muy buena salud. Los fondos marinos que las albergan son de una gran riqueza ambiental, por la gran variedad de especies marinas y por su composición mineral que configuran un espectro de colores difíciles de olvidar. La máxima expresión de tanta riqueza marina se concentra en la Reserva Marina de la zona norte, en cuyas espectaculares profundidades encontraremos un espacio medioambiental único.

Pero Menorca no es sólo playas. Su diversidad ambiental es muy amplia. Así, la isla ofrece la posibilidad de encontrar una representación de casi todos los hábitats propios del Mediterráneo. Un tesoro natural que abarca barrancos; que nacen en el centro de la isla y siguen un sinuoso trazado en dirección a la costa sur. Estos precipicios son un auténtico espectáculo natural, que albergan una variada flora que cuenta con 220 especies que cohabitan con los restos de canteras de marés y con las construcciones de la cultura prehistórica. Especialmente interesantes son las especies marinas que se encuentran en las más de diez cuevas submarinas y que no se encuentran en ningún otro medio. Además de estas grutas en el mar, Menorca nos ofrece más de cincuenta cuevas terrestres para explorar.

Las charcas, marismas y lagunas se reparten por toda la isla. Entre las zonas húmedas del litoral, destacan el Parque Natural de la Albufera de Es Grau (una auténtica joya de la naturaleza donde se han contado hasta unos 8000 ejemplares de unas 100 especies diferentes), Addaia, Son Saura y Son Bou. A estas zonas húmedas, se asocian ocho sistemas dunares: en la costa norte, la albufera de Es Grau, Son Saura, Tirant, Cavalleria, Pregonda, cala Pilar y La Vall; y en la costa sur, Son Bou.

El alto grado de conservación del litoral nos ofrece la oportunidad de contemplar el medio natural en estado puro. Las singulares características de estos parajes hacen que proliferen las especies endémicas. En paisaje interior de la isla no es menos sorprendente, por el colorido vegetal que nos regala. Incluso a pie de carretera podremos observar como el color de los cardos, las orquídeas y los crisantemos contrastan con el blanco y negro de las vacas. Un espectro de colores que consiguen una belleza cromática incomparable.

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